Sindicación de contenidos
Boletín electrónico
Contacto
Mapa web
Logo de FacebookLogo de Google +Logotipo Twitter
 
boton pinteres
Imprime ContenidoEnviar a un Amigo
 

${estadoCorreo}

 

Omofagia, carne cruda

Carpacio de ternera con trufa blanca
 
Carpacio de ternera con trufa blanca
Publicado en el Diario El Comercio, año 2001.

La tradición omofágica (comer carne cruda) es tan antigua como el propio hombre, ya que antes de inventar el fuego para asar los resultados de su caza, es obvio que aquellos paisanos de Atapuerca tuvieron que sentir la repugnancia de comérsela cruda, luego queda demostrado que antes de disponer de barbacoas, nos zampábamos los xatinos tal cual Dios los trajo al mundo.

No tiene nada que ver esto con el canibalismo, aunque bien es sabido que al pobre Orfeo se lo merendaron las sacerdotisas basárides, tirando después al río su cabeza y su arpa, que, lógicamente, sin el resto del cuerpo, ya de nada le servían al intrépido poeta argonauta (dicen que se lo apiolaron por despecho, ya que al morir su bella Euridice, las bacantes contaban montarse una buena juerga con el viudo, pero este pasó de la orgía y claro, pagó la afrenta).

Pero ¿a cuento de qué viene tanta mitología griega? Pues ni mas ni menos porque los nutriólogos europeos están preocupadísimos por el aumento que esta forma de comer está proliferando, y no solo me refiero a los gastrónomos, que pocos somos y además ya tenemos el alma perdida, si no entre l@s candid@s e inocentes jovencit@s, que parece ser andan por ahí comiendo carnes crudas sin el menor reparo.

Las nuevas modas implantadas por los restaurantes japoneses e italianos, con sus diabólicos sushis y carpaccios, están contaminando a esa pobre nueva generación que hasta hace poco se contentaba con la comida escatológica que les suministraban las cadenas multinacionales de burgers, snacs y otros preparados de junk-food, basuras envueltas en papeles de colorinos, pero eso sí, con exhaustivo control higiénico y hasta con promesas de no ser cancerígenos ni subir las tasas de colesterol.

¿Contraerán ahora est@s jocencit@s, al comer como lo ha hecho el resto de la humanidad durante miles de años, alguna de esas gastroenteritis que los galenos bautizan con nombres tan subyugantes como la maldición de Moctezuma, el síndrome del restaurante chino, el vientre Delhi, o el mal del peregrino?
¿Echarán incluso a perder su virginal alma, como aseguran algunos vegetarianos radicales que sucede al engullir cadáveres?

Qué horror, pobrecitos, con lo bien que se les ve a ellos tan americanizados, rumiando chicles, tragando derivados plásticos con sabor a queso o barbacoa, o alimentándose a base de hamburguesas de sabe Dios que picadillo, pero eso sí, perfectamente envasadas en cajitas de phorexpan monísimas.

Francamente yo no he visto aún en España esta moda (sí me fijé como en Oslo había varios «Sushibars» atestados de jóvenes comiendo pescado crudo y la verdad es que me llenó de optimismo), pero si ya está funcionando en Francia tanto como para preocupar a los observadores, pues quizás en menos de un lustro ya la tengamos en casa.
Por lo pronto en estas páginas ya hemos dado varias pistas para los aprendices a omofago. Así a bote pronto recuerdo los tartars de pescado de El Puerto de Gijón, los de carne de La Venta del Jamón, en Pruvia, Llanera, los insuperables carpacccios de El Vesubio, también en Gijón, o los tacos de salmón con caramelo que ponen en Casa Gerardo de Prendes, verdaderas golosinas para los que, sin haber aún caído en la tentación de emular a Saturno, sí gozamos con este tipo de preparaciones gastronómicas.
Por cierto, si tienen ustedes algún hijo en edad de merecer, incítenle a la perversión, quizás el día de mañana se convierta en un inteligente gastrónomo en vez de un ejecutivo rumiaplásticos. 

Si le interesa leer más sobre este tema, pinche en el icono Buscador (angulo superior derecho de su pantalla) y escriba la palabra objeto de estudio. 

 

Escrito por el (actualizado: 16/03/2014)