Pequeña guía de consejos para visitar París sin demasiados problemas.
No pienso hablarles del París monumental, que lo es (un poco hortera, porque a Napoleón le gustaban los dorados más que a los chinos de los “Todo a 1€”, pero bueno, monumental sí que es), ni tampoco del París romántico, aquel que inventó el insoportable Maurice Chevalier, aquel actor tan cursi de sombrero canotier y que ya nadie en su sano juicio practica, porque los parisinos solo sienten amor por el vil dinero.
Yo les voy a hablar del París de verdad, del sucio, del golfo, del entrañable, del que deja huella, de ese París cosmopolita en el que solo los expertos sabemos diferenciar las verdaderas “Poupées parisiennes” (solo las parisinas de verdad, saben mover el culito para conseguir el andar más erótico, golfo, elegante y fascinante del mundo), de esos otros pimpollitos yankis estilo “Spice Girls”, aunque, la verdad sea dicha, es que también están mas ricas que un queso Reblochon.
Hace años, cuando mi padre nos llevaba para pasar la Semana Santa lejos de las terroríficas procesiones españolas, los turistas se quedaban en la Torre Eiffel, en Notre Dame o en el Louvre, pero ahora ya hay guiris hasta en el bulevar Barbés, el París africano, el lumpen.
Lo que ya casi no se ven, son aquellas manadas de japos que hace un par décadas atacaban como la marabunta, salvo para subir a la Torre Eiffel, claro, pero bueno, a quién se le ocurre a estas alturas.
Ahora los turistas se comportan como personas civilizadas, algo que no hacen los parisinos, que siguen siendo igual de cerdos y maleducados que nuestros jovenes.
París es una ciudad sucia, pero muy sucia, sucísima. Vamos, que solo se puede comparar con Ribadesella en el día de las piraguas, o con Pamplona en los sanfermines.
El progresista gobierno francés tiene establecido un sistema llamado RSA (Revenu de Solidarité Active), mediante el cual los mendigos cobran 500€ al mes, además de disfrutar de todos los servicios sociales de forma gratuita: transporte, sanidad, medicinas etc., con lo que un trabajador mileurista, al final de mes, gana menos que un mendigo, así que cada día hay más borrachos tirados por las calles.
Dicho así parece una tontería, pero ¿se imaginan ustedes que en la puerta de su casa o de su negocio, se monten la juerga una docena de marranos, vomitando, meando, rompiendo botellas, metiéndose con los transeúntes y hasta haciendo obscenidades que no quiero detallar? Bueno pues eso es el París del siglo XXI, porque en las calles de Lagrange, Dante, Bd. Saint Germain, etc., entre la Sorbonne y la Catedral de Notre Dame, el 5º Arrondisement, o sea, el barrio más chic y turístico de Francia, allí cada día se juntan varias pandillas que empezaban a darle al frasco desde el amanecer hasta caer redondos por cualquier acera. ¿Se puede consentir? Pues sí, porque la policía ni acude a las denuncias ya que las leyes amparan a los vagabundos y no a los contribuyentes. En fin, solo rezo para que la ministra Salgado no vaya a París a coger ideas.
Eso sí, la policía parisina da mucho ambiente a las calles, porque durante el día, sea cual fuere el punto en el que estemos, pasará una sirena a toda mecha en una cadencia de unas cinco o seis por minuto, o sea, una música celestial (desde que existe el RSA ya no hay acordeonistas por las esquinas, que era el sonido del viejo París).
Pero, a pesar de todo, París es París, esa ciudad divina en la que aún se escucha una desgarradora canción de la Piaf en un bistrot de barrio, o, mientras tarareamos la Chanson pour l'Auvergnat leyendo el menú de un comedor argelino, el dueño nos dice: “Un poco de Brassens nunca hace daño ¿Verdad monsieur?”
Consejos para coger un taxi.
El mejor consejo es que no coja usted nunca un taxi, ni aún en casos de extrema necesidad.
Los taxistas parisinos son los ladrones más desvergonzados de mundo.
Un servidor, conoce bien las calles y habla con acento parisino arrabalero (es un don que tengo desde niño), pero como como mi ex mujer se puso de tiros largos para recibir el premio Gourmand Cookbook (asistir a un acto en la Comedie Française, es más protocolario que visitar al Rey en La Zarzuela), pues cogí sendos taxis para ir y volver.
Antonio, el conserje del hotel Meliá boutique Le Colbert (otra de Rocambole que pueden ver pinchando aquí), ya me advirtió: “Señor Iglesias, cuente con la bronca”, y claro, a falta de una tuve dos.
Para darles idea del calibre, baste con decir que ambos taxistas, cuando les dije que me llevasen a la comisaría, decidieron cobrarme la tarifa mínima, seis euros, aunque el taxímetro marcase veintitantos. Pero el disgusto, mejor dicho, los disgustos, me los papé, así que imagínense lo que hubiese ocurrido si apenas chapurrease la lengua de Moliére, o si no me conociese al dedillo todos los bulevares del centro.
Por el contrario hay unos autobuses panorámicos, Les Cars Rouges, que dan una vuelta por el París monumental, con sistema de auriculares en cinco idiomas y que dan buen servicio Pueden ver los itinerarios pinchando en Les Cars Rouges.
Para los más osados (cuando vean como se conduce allí, verán que es casi un suicidio, aunque nosotros no vimos ningún muerto), hay un sistema de bicicletas municipales, las Velib, que se cogen y dejan en cientos de puntos neurálgicos (pueden verlos pinchando en Velib). Es muy buena idea, pero hay que disponer de tarjeta de crédito con chip. Eso, o abonarse antes de ir, porque allí son todo pegas.
Consejos para comer en París, sin hacer el indio.
Comer en París es carísimo, cruelmente caro, pero solo para los guiris, porque los aristócratas del cobre nos lo pasamos pipa por cuatro duros.
Bueno, por cuatro euros no, pero por menos de lo que comeríamos en Madrid.
Si pinchan en Traiteurs de Paris podrán la magnitud de este sector, pero lo que a mí me interesa es contarles de qué va la fiesta.
En España, la mayoría de empresas que venden comida prefabricada, suelen servir verdadera bazofia (pueden hacer la prueba en cualquier Hipercor), sin embargo en Francia sucede lo contrario.
Estos traiteurs suelen tener media docena de mesitas en la calle, con lo que uno va pidiendo lo que ve en el mostrador, y se lo zampa allí mismo como un príncipe.
Cerca del hotel, teníamos uno libanés, Al Dar (Rue Fréderic Sauton, 10) que hacía verdaderas golosinas, pero el mismo mezzé, servido en el restaurante (tenía un restaurante de verdad, al lado de la tienda), costaba casi el doble. Pero es que, lo mismo, servido en el Ziriab, la terraza del Institut du monde arabe, podía ponerse en 200€, y no creo que estuviese tan rico.
Conviene controlar los comedores recomendados en las guías, pero no los que tienen estrellas, si no los Bib Gourmand de la Michelin (cada guía tiene un tratamiento para los restaurantes económicos), porque nos dimos un homenaje en el Ribouldingue (Saint Julien le Pauvre, 10), de esos que no se olvidan. Su cocina es solo de casquería, las cochinadas que a mí me privan, como una ensalada templada de teta de vaca y una cabeza de buey a la sartén, que solo con recordarlo ya salivo.
Claro que tiene usted muchísimos millones, pues tampoco está mal darse un paseito por los clásicos, como la terracita de Lenôtreen los Campos Elíseos, los barroquísimos L'Ambroisie o Le Meurice, los modernísimos minimalistas, como el Arpége, L’Astrance o el Guy Savoye, y claro, el gran Ducasse, donde te pueden sacar 500€ del bolso sin despeinarse, y eso sin pedir vinos de los que van a tono con la decoración, porque por un Château Petrus te pueden soplar 5.000€ o 7.000€, según la añada.
Lo que no es demasiado caro es el famoso Fauchon, el traiteur más chic de la Francia. Tienen la terracita que ven el la foto, muy cursi, pero que mola hacerse un almuerzo de media mañana junto a la maravillosa Madeleine.
Lo que no hay que picar es esas irresistibles terracitas que se suelen llamarse Brasserie o Bistrot, porque, aunque pongan pizarras anunciando menús económicos, como se te ocurra comer con Dios manda, te achicharran. Nada más llegar, mi querido amigo Juan Carlos Daza, como hacía un calor de muerte, nos propuso tomar unas cervecitas. Cuatro cañas, 48€, o sea, ocho mil pelas por quitarte la sed.
Un ejemplo cachondo de comida en Brasserie. En la Brasserie Au general La Fayette, de calle del mismo nombre, mientras tomaba un pastis, en la mesa de al lado estaban comiendo una cosa muy rara, entre pizza y Rösti, con pimientos de colores y salchichón. Le pregunté al camarero y me respondió con desaire: “Pues tortilla a la española ¿Qué va a ser?”.
En otra, Le Troquet du Temple (rue du Temple, 9), Pedí unas “Crudités”, el plato preferido de madre que solo comía verduras, y del que tenía recuerdos algo nostálgicos. Cuando me trajeron una ensalada igual que la que comía María (niçoise), interpelé al camarero para aclarar el error y, cuando le dije que las Crudités son bastoncitos de hortalizas crudas de mil colores, muy cariñosamente, hizo una pluma y me respondió: “¿Bastoncitos? Ay señor, eso es muy antiguo, de nuestros tiempos, ahora hay que ir rápido, rápido” (en francés suena mucho más mariquita: “Batonnets? Ah monsieur! Ça c’est vieux, de nos temps. Maintenant c’est vite, vite, vite”).
Y mucho ojo con hacer el primo en las marisquerías, porque eso de ver a un camboyano abriendo ostras, almejas, ñoclas y demás delicias del mar en plena calle, nos saca los ojos de las órbitas. Lo malo es que, lo que sí que nos sacan, son hasta las entrañas de la Visa, y si encima estuviese bueno, pues vale, pero es que se trata del marisco de la peor clase del mundo, verdaderas momias que no se sirven ni en los cocederos más guarros de Móstoles. Vamos, es que ni en los chigres de Tazones en el mes de agosto
Si les gustan las porquerías extrañas, lo suyo es ir a los barrios.
Por ejemplo en Bellevile, hay unos vietnamitas, birmanos, thailandeses y todos esos países que cada día cambian de nombre, realmente fantásticos y muy baratos, porque una noche fuimos a cenar a un thaï que estaba en el barrio, el Chieng Mai, y nos metieron un clavo que salí tiritando. Aunque peor fue en el indio Maharajah, en el St. Germain, 72, porque allí encima comimos de asco.
Por el contrario si quieren comer cuscús, tajines, kebabs, mashwis y otras morerías, vayan a Barbés, porque aquello es igual que estar en Casablanca, incluso en lo sucio, pero se come de locura.
En este bulevar también hay cocinas libanesas, hindúes y de otras zonas de África, hasta vi un restaurante de cocina etíope, en el que no entré, porque, la verdad, no creo que esos pobres tengan otra cosa que no sea hambre.
De un lugar que hay que huir es del llamado barrio latino. Todo lo que hay allí es para guiris, con folklores de esos tan cutres que sacan a la señora de la limpieza a bailar la danza del vientre, mientras te sirven un cuscús recalentado. A María se le antojó una crêpe y entramos en el Café Cluny. Menuda porquería.
Nosotros íbamos con cierta frecuencia porque hay una iglesia preciosa, la de Saint Séverin, y daba asco pasar por aquellas, otrora, encantadoras calles y en las que ahora salen como cameros como hienas a cogerte del brazo para intentar timarte.
Compras inteligentes en París.
En Paris hay que visitar las grandes joyerías de la Plaçe Vendôme, porque tienen verdaderas obras de arte.
Me preguntaba mi querida amiga Cova, la dueña de la Óptica Mosquera, lo más chic de la península ibérica en este oficio: “¿París o Londres?” y claro, a pesar de los pesares, París sigue siendo París, mientras que en Londres, Harrods (Omnia Omnibus Ubique "Todo para todo el mundo en todas partes") ya es del morito Mohamed Abdel Moneim Fayed d (محمد الفايد) y, en lo que era el barrio más snob del mundo, Mayfair, ahora solo hay tiendas de Zara y Adolfo Domínguez.
Yo entré en Bulgari y le di la lata un buen rato a la dependienta. Luego quise repetir la jugada en Van Cleef, pero el aparcacoches, un negro muy grande, negrísimo y grandísimo, me miró con mala pinta, como diciendo: “Ahueca, cañahueca”, y claro, le hice caso.
También podemos visitar las grandes marcas de Champs Elisées, como Cartier, Louis Viutton, etc., donde podemos divertirnos viendo a miles de japos comprando compulsivamente los mismos bolsos que se venden en cualquier parte del mundo.
Terminada la ronda de los paletos, en la que no debemos gastar más que los tiques del Metro, para hacer las compras de verdad, hay que llevar los deberes hechos, porque en los hoteles son tan tacaños, que ni ponen un ordenador al servicio de los clientes.
Cada cual debe preparar sus rutas según lo que busque, porque si algo existe, eso está en París.
Un servidor, que ya saben ustedes de qué pié cojea, se tiró por los mercados, las tiendas de alimentos exóticos y los utensilios de caligrafía china.
En la plaza Maubert (hay una par de Metro que se llama Maubert Mutualité), los martes, jueves y sábados hay un mercado muy cachondo, pero incluso sin mercado, hay unos traiteurs formidables.
Yo compré mil porquerías en uno griego, en otro libanés, en un chino, en uno de patés caseros y en otro de quesos. Hasta me compré unas alcachofas bretonas, una de mis debilidades y que no sé porque no se venden en España, porque son una gozada.
Si les gustan los mercados exóticos, en el bulevar Barbés (estación Barbés Rochechouart) está el mundo árabe, africano e hindú, y el asiático se reparte entre el 13º Arrondissement y Bellevile (estación Bellevile). Por cierto que esta plaza, comimos en un restaurante vietnamita, Da Lat, formidable y tirado (35€ dos personas con cervezas y vinos).
Como lo de la caligrafía me parece ya demasiado rebuscado, en otro garito en que casi me fundo la VISA fue en una tienda de decoración japonesa, Ikebana Deco (Bd saint Germain, 70) de donde me fui sin comprar un kimono antiguo de seda salvaje, que era una verdadera obra de arte, pero ya verán en las próximas recetas los cacharritos de porcelana antigua que me he agenciado.