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Brandys

 
Diario El Comercio año 1998.
 

Sería un mal amigo, peor compañero*, poco honesto, y sobre todo un mal informador, si después de la entradilla que hago, no hiciese una salvedad reconociendo que existe un libro (recomendado en la columna adjunta), de Carlos Delgado*, asturiano por supuesto, aunque por aquello de no ser profeta en su tierra, no va de ello, donde se explica exhaustivamente todo este asunto de los brandys, cognacs, coñacs, jeriñacs, y otras veleidades.

Empecemos por saber de donde viene la palabra brandy, que es de la holandesa brandewijn, que significa vino quemado, y nos da la pista de lo que nos traemos entre manos.

Los holandeses, grandes comerciantes de todo lo relacionado con la buena vida, compraban en Francia grandes cantidades de vino para redistribuirlas por toda Europa, y a veces, cuando se pasaban en las previsiones, pues antes de dejar que se picase lo destilaban, y así no arruinaban el negocio (a diferencia de un vino que es un producto vivo, un destilado es inerte y se mantiene indefinidamente). De este modo a todos los destilados de vino, se les llama genéricamente brandy.

Excepto, claro está, los franceses de Cognac y Armagnac, que tienen nombre propio, y de los que hablaremos, Dios mediante, la semana que viene (ver Cognac)

En España también se intentó implantar un nombre genérico para apoyar el marketing de los brandys de Jerez, el Jeriñac, un derroche de imaginación y buen gusto como podrán comprobar, que trás ser catalogado por Nestor Luján de «infelicísimo y lamentable híbrido», fue finalmente desestimado por las iluminadas mentes de la administración franquista.

Y sin embargo podemos asegurar sin ninguna duda que el invento es español, porque si bien los franceses cuentan que fue a mediados del siglo XVII en que Satanás se le apareció a un caballero de Segonzac, Jacques de la Croix Marron, y le indicó crípticamente como había que proceder para capturar el alma del vino, lo cierto es que ya en 1310, un valenciano, Arnau de Villanova, médico a la sazón de Pedro III de Aragón, en su opúsculo «De conservanda juventute et retardanza senectude» ya nos describe puntualmente como destilaban los vinos para la curación de los cuerpos, y alegría de los espíritus.

Sin duda fue de sus colegas árabes de donde sacó la idea, y de hecho la palabra alcohol viene del vocáblo árabe kuhl, y el artículo al, lo que signífica el colirio, cosmético que se obtenía precísamente destilando en un alambique diversas substancias, y que seguramente, algún día estando de coña, arnau le dijo a Mohamed: «¿Y si metiesemos vino en el alambique?», y así se inventó el brandy.

Más adelante este agua de vida se usó para encabezar los famosos vinos de Jerez y otros generosos españoles, y a través de ese fantástico hilo conductor que fue el Camino de Santiago, el arte de la destilación recorrió toda Europa, hasta el punto de que a mediados del siglo XIV en todos los conventos, la mitad de los monjes se pasaban el día a gatas.

En Noches Jerezanas (2º tomo folio 57), dice D. Joaquin Cortillo que la ciudad entregó el 16 de enero de 1580 a la compañía de Jesus «la renta del aguardiente», lo que implica que a mediados del siglo XVI, este comercio era ya en España de gran envergadura y popularidad.

Si tenemos en cuenta que en Francia no destilaron vinos hasta la crisis de 1630, que esos aguardientes no se comercializaron hasta 1712, y que no se llamaron Cognac hasta 1860, pues es evidente que el brandy es un invento francés.

*Algunos años después, este personaje me devolvió los halagos con una de las traiciones más repugnantes que se puedan imaginar (pueden ver más pinchando en Culmen

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Escrito por el (actualizado: 06/03/2015)