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Romerías de Asturias

 
Diario El Comercio año 1997.

Hoy es la festividad de San Cosme y San Damian, aquellos patronos a los que Victor Manuel recordara en su entrañable canción de la romería, tonadilla que por cierto se canta en toda la penísula cuando se han bebido algunos culinos más de la cuenta, y alguien quiere ponerle a la fiesta cierto aire regionalista.

Se trata de una canción comercial como otra cualquiera, sin embargo estas pequeñas cosas son las que hacen que el nombre de Asturias suene con cierta frecuencia allén de Pajares, provocando en muchos casos recuerdos que se comentan en voz alta y que son sin duda el mejor mensaje publicitario de nuestra región.

Ya saben, lo del boca a boca, y que mejor recuerdo que aquellas simpáticas romerías de Avalle, Cofiño o Cuadroveña, amenizadas por el duo La Matrimonial, y algún gaitero de los alrededores que se hacía de rogar con unos cuantos culines para hinchar el fuelle, pero que cuando cogía velocidad, ya no había quien lo parase.

Lugo llegaron las orquestas consus decibelios y la cosa se echó a perder, porque nadie, salvo los oriundos que apenas podían bajar alguna vez hasta la discoteca de Cangas, soportaban aquellos alaridos, y así, poco a poco, entre el “Mariaisabel” y la “Macarena”, el espiritu de la romería se fue perdiendo hasta llegar a ser simplemente tombolas, senegaleses vendiendo relojes, y una fracasada orquestina rompiendo tímpanos con la horterada del verano.

El origen de las romerías se basa en la antigua costumbre hebrea de las tabernarias, fiesta que reunía a todos los familiares del pueblo, que venían a recoger la cosecha durante el Moled del equinoccio de otoño.

En el cristianismo esta celebración se sincretizó buscando un segundo patrón para el pueblo que cayese en la época de recolección, y así en septiembre hay fiestas por doquier.

Durante la fiesta se apalabraban negocios y hasta matrimonios de conveniencia, pero obre todo se compraban y vendían los productos que traían los feriantes, o los elaborados por los paisanos.

Hoy ya cada agricultor tiene una furgoneta con la que baja a vender sus quesos al centro, o hasta si me apuran los lleva hasta Madrid, por eso la romería ha perdido su espiritu y está en decadencia, porque ningún acto vacío de contenido, por mucha parafernalia histriónica que mueva, se mantiene en el tiempo.

Pero lo que hace falta es sincretizar lo tradicional con los nuevos tiempos, y quizás el catalizador que pueda sublimar el problema sea el turismo.

Pero bien entendido, claro.

No descalifico las grandes mareas humanas que mueven El Carmín de la Pola o Les Piragües, pero esos eventos tienen su propio público, y suficiente presupuesto de publicidad.

Yo hablo de fiestinas de aldea, con matanzas, amagüestus, boronchos preñaos, tortos de maíz, sidra del duernu, recogida de setas, o cualquier otro acontecimiento lúdico festivo que, con un mínimo contenido históricocultural imprescindible que justifique el acto, pueda resultar atractivo para aquellas personas que viven la despersonalización de las grandes ciudades, y que bien pueden ayudarnos a recuperar la economía desestacionalizando sus visitas.

Hasta aquí el cuento, hasta aquí la ilusión, hasta aquí la utopía.

La cruda y estúpida realidad es que al parecer este planteamiento no debe ser lo suficientemente demagógico como para motivar a nuestros dirigentes, y, a pesar de los bajos costos que implicaría, se considera más jugoso gastarse los millones en el osito cursi de la tele.

Más de un lustro llevo gritando esta posible reforma del turismo asturiano y pidiendo un calendario de romerías y festivales gastronómicos sobre el que basar una campaña seria de captación y desestacionalización turística.

Pero una vez más he terminar con la misma cantinela: esto requiere imaginación e ilusión, y ahí, con la Iglesia hemos topado.


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